Gracias al artículo del papel del Santo en la fe popular y otros textos, he reflexionado acerca del molde cultural latinoamericano que, desde los tiempos de la colonia, se compone de los siguientes ingredientes básico distintos uno del otro pero que se complementan entre sí:
a) Religiosidad escatológica y religiosidad vertical: Latinoamérica heredó de España una religiosidad pasiva, orientada hacia el más allá y muy alejada de la realidad terrenal.
b) El idealismo español cuya expresión es el “caballero” que desdeña el trabajo manual y el comercio.
c) El desdén por lo útil, práctico y material.
d) La actitud fatalista y la inercia y pasividad que le son inherentes, fruto de su falsa interpretación teológica de la religión y acentuada por influencias islámicas. Uno de los factores más importantes en la cultura latinoamericana es la adaptación, la pasividad frente a lo existente. En la cultura de las naciones de industrialización avanzada es la actividad, la transformación, como factor importante. Recordemos las tesis de Max Weber que la influencia del protestantismo fuera factor causante, aunque no determinante, del desarrollo de los países protestantes. La Iglesia católica en cambio no contribuyó para democratizar la sociedad y lograr la igualdad económica. Los protestantes al ayudar a demoler las estructuras jerárquicas, colocaron los cimientos necesarios sobre los cuales la democracia pudo establecerse, progresar y elaborar la cultura de masas.
La estructura agraria colonial puede manifestarse como una continuación renovada del legado de conquista, pero a la vez conforme a las nuevas expectativas de la economía liberal.
La estructura agraria en la América Colonial se caracterizó, en un primer momento (siglos XVI y XVII), por estar en segundo lugar con respecto a la minería; como lo evidencia los esfuerzos privados llevados a cabo por los conquistadores. La actividad minera era rentable, y se volvió una práctica rentable y atrayente para una Corona en el paradigma absolutista y mercantilista, incluso hasta el siglo XVIII.
Este legado de conquista dejó una unidad de producción agraria que conocemos como la encomienda (pero que abarcaba múltiples actividades económicas). ¿De qué se trataba? La encomienda era, en esencia, un repartimiento de aborígenes que debían ser instruidos en la Fe y las costumbres sociales españolas a cambio de un tributo: el uso de ellos como mano de obra para extraer los frutos de la Tierra, lo cual incluía implícitamente los servicios personales a sus señores encomenderos. Claro está que la interacción entre el encomendero y el indio presenta numerosos matices en la Historia Americana (Desde situaciones de injusticia hacia los indios por parte de sus encomenderos, hasta casos donde los indios podían rebelarse con su señor si este no cumplía con lo pautado en el contrato de encomienda.)
El ocaso de la encomienda comenzó a pronosticarse a finales del siglo XVI, cuando dos inconvenientes alcanzaron su punto máximo de ebullición: Uno era la crisis demográfica, denominada así porque los indígenas disminuían a pasos agigantados su población, siendo una de las principales razones el extenuante trabajo junto a las enfermedades traídas del Viejo Mundo. Los indígenas estaban acostumbrados al trabajo comunal, a la aldea indígena, y no a trabajos de claras características productivas y no de subsistencia. El otro problema fue la inmigración de nuevos productores españoles (a partir de 1570 aproximadamente) que obtenían las tierras por subdivisión de las que ya estaban. Así la encomienda disminuyó en rentabilidad, pero se siguió efectuando en menor medida hasta finales del siglo XVII.
Un segundo momento (siglos XVII y XVIII) surgió con el cambio hacia una nueva unidad productiva: la hacienda. Está fue la consecuencia de una serie de reformas (conocidas también como Reformas Borbónicas) que en 1776 alcanzaron su madurez, y que principalmente pretendían proteger los nexos comerciales entre la Metrópoli y sus Indias de los potenciales enemigos. Una forma de velar por esta seguridad fue la de enviar una oleada de funcionarios españoles que se encargaron de los asuntos americanos y de continuar los nexos con Europa. Aquí se los denominó “peninsulares”, caracterizados por una fuerte actividad comercial que le hacía frente a los que realizaban actividades primarias, los “criollos”. Sin duda, los cambios fueron mucho más profundos, puesto que se diversificaron las exportaciones, creando numerosos circuitos comerciales y productivos. Un ejemplo, fue el renacer de la Antillas, con florecientes economías de monocultivo de cacao, tabaco, y azúcar. La novedad de la hacienda fue el trabajo asalariado: los indígenas eran contratados como peones, y ellos podían elegir para quien hacerlo. La desventaja fue que sus patrones se las arreglaban para endeudarlos y así mantenerlos por más tiempo. Además el trabajo fue doble para el indio: se encargaba de las tierras de su patrón, pero a la vez debía trabajar las suyas. Contradictoria, pero real, la hacienda se convertió en una práctica anticipada del sistema económico liberal, el cual se potenció con la gran expansión del capitalismo durante el siglo XIX.
20 años, estudiante de Licenciatura en Historia.
Universidad Diego Portales, Santiago, Chile.
Lo que pretendo hacer en este ensayo es realizar una reflexión en torno a la modernidad y si ésta ha afectado a la identidad latinoamericana.
Para eso, me gustaría hacer mención al concepto de modernidad, siguiendo la línea de Marshall Bergman , en su texto “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, para acercarme al problema de la identidad latinoamericana. Bueno, para Bergman la modernidad lo ve como un proceso dialéctico, es decir, como algo que nos puede llevar a la felicidad, pero que a su vez nos puede llevar a la infelicidad. Yo interpreto esta definición de Marshall Bergman como un “arma de doble filo”, porque si bien la modernidad con su carácter totalizante (que penetra en todas las esferas de la sociedad, ya sea cultural, política, económica y social) nos ha llevado a notable progresos, en donde el ser humano es el centro de este proyecto para lograr su felicidad. Sin embargo, este proyecto también ha llevado a cabo las escenas más tristes y horrendas de nuestra historia.
Marshall Bergman realiza una periodificación de la modernidad, dividiéndola en tres fases: La primera fase va desde el siglo XVI hasta el siglo XVIII. En esta primera fase de la modernidad, no existe una conciencia de que se esté participando en este proyecto de modernidad, en términos más simples, no se percibe aún tal concepto. En la segunda fase que va desde el inicio de la Revolución Francesa en 1789 hasta finales del siglo XIX la situación cambia radicalmente: hay una plena conciencia en un proyecto modernizador de la sociedad, y se lo critica y modifica ampliamente. La tercera fase (ya para terminar el concepto de modernidad según Marshall Bergman) se sitúa en el siglo XX hasta nuestros días, es aquí donde la modernidad ha penetrado en todos los aspectos, y ya no se vive con la intensidad como el de la segunda fase.
¿Podemos hablar de modernidad en América? No completamente, debido a que este concepto, en primer lugar, no es traído por los conquistadores. Y mientras en Europa la identidad implicaba cierto aire de progreso y modernización en América presentó matices muy diferentes, según señala Walter Mañolo, que aparecen principalmente en la etapa poscolonial y que benefician a ciertos grupos sociales hegemónicos, en desmedro de los nativos. Es decir, dentro del proyecto de identidad que se impulsó a partir de los siglos XVIII y XIX no se incuían a todos los habitantes del continente. Como señala Mañolo, pasaba lo siguiente:
“América (…)no es un nombre que llegó a constituir la identificación territorial de la corona española o de los españoles en las Indias Occidentales, sino de la población y de los intelectuales criollos, de ascendencia española y líderes de la independencia durante el siglo XIX, nacidos en América.”
Te invito a seguir profundizando la problemática bajando el ensayo completo:
Desde los tiempos coloniales americanos, el legado africano dejó marcas culturales ondas e ineludibles quizá como recompensa justa de la marca física que muchos hombres y mujeres llevaron de por vida.
El siglo XVII y XVIII conoció el afluente de esclavos africanos a los principales puertos coloniales. Primero, como solución al problema demográfico indígena pues los europeos (y luego sus descendientes criollos y peninsulares) pretendieron que los aborígenes cambiaran sus hábitos de la comunidad indígena autosostenible a la estancias, haciendas o rancherías donde trabajaban para ampliar las arcas y los beneficios comerciales de sus explotadores, de sol a sol. Obviamente, la combinación de los malos tratos, enfermedades, problemas alimenticios, y la mala adaptación de la mano de obra a diferentes tipos climáticos y a los trabajos forzados, diezmaron a las comunidades indígenas que estuvieron casi a punto de desaparecer. Los terratenientes necesitaban una mano de obra de respaldo que tildaban de “más rentable y resistente”.
Segundo, con las Reformas Borbónicas, los mercados coloniales latinoamericanos tienen una apertura significativa al comercio exterior, y necesitan diversificar sus exportaciones, a la vez que “importan” ciertos objetos manufacturados y de lujo para sus “clientes más distinguidos”. Entre los objetos de lujo, estaban los esclavos africanos.
La trata negrera se convirtió en uno de los negocios coloniales más rentables de los opresores, y aún así, no dejaba de ofrecer pérdidas: debían alimentarlos, vestirlos, evitar las fugas, y los robos (de otros comerciantes). Para evitarlo, los patrones marcaban al rojo vivo a sus esclavos como si fueran animales. Eso se llamó la Yerra Humana o Carimba. Esas marcas eran de diferentes tamaños e inscripciones, e indicaban a quien pertenecía el cautivo, según el libro de actas o registros de las autoridades coloniales de cada región o jurisdicción. La carimba, sin dudas, fue la extensión de los conceptos de propiedad y posesión, muy comunes en la época.
Indiferentemente de que trabajaran en las plantaciones, las labores domésticas, o fueran liberados (manumisiones), debían llevar esa marca de por vida, como si fueran artículos seriados. Hubo que esperar mucho tiempo para que las sociedades americanas rompieran con sus esquemas denigrantes y discriminativos, debido a que se manejaban con rígidos sistemas de castas, que establecían pisos o escalones étnicos regulados por lazos de parentesco o relaciones socioeconómicas. Afortunadamente, ninguno de esos esquemas, ni posteriores formas discriminatorias pudieron parar el legado africano en el propio mundo cultural de aquellas sociedades que lo rechazaron.
Bibliografía de Consulta:
- ROCK, DAVID: Argentina 1516 – 1987. Desde la colonización española hasta Raúl Alfonsín, Alianza Editorial, 4ª edición, Buenos Aires, 1994. Cáp 2: El ascenso de Buenos Aires, 1680-1810. (pág. 77-80).
- BIBLIOTECA CLARÍN: Historia visual de la Argentina, Grupo Clarín, Buenos Aires, 1999. Cáp. 14: La sociedad en el virreinato. Los esclavos negros (pág. 204-205).
Dos hombres, dos formas diferentes de ver el mundo: profesía y tradición vs. oratoria y codicia. ¿Quién de los dos ganará?
¿A veces no te preguntas porqué si el imperio azteca contaba con cientos de miles de guerreros no pudo parar la voluntad de unos centenares de conquistadores codiciosos? mucho me dirán “Mario, ¡Qué pregunta tan obvia!, ¡Fueron las armas!” pero yo no estaría tan seguro de que esa condición fuera determinante. Estamos hablando de los aztecas, una cultura que fue lo suficientemente inteligente como para crear un sistema represivo imperial altamente militarizado y simbólico (por medio de la religión), que con ayuda de una diplomacia astuta y las convenientes conexiones comerciales y sociales pudo yuxtaponerse a la voluntad de varias culturas regionales, por mucho que les pesara.
Es posible que la cosa pase por otro lado, y me parece interesante el análisis que hace Tzvetan Todorov al respecto, introduciendonos al perfil psicológico de las personalidades de Moctezuma II y Hernán Cortés. El propone algunas posibles razones de la caída del imperio: la personalidad ambigua de Moctezuma, la presión interna de los enemigos del imperio azteca, la superioridad de las armas, pero más importante que estas últimas la importancia que da Cortés a la interpretación de SIGNOS.(1)
Tanto el emperador como el conquistador eran intérpretes de signos o señales, la diferencia radica en qué cosas ponían énfasis ambos. Para el Azteca, la relación de los hombres con el mundo era de suma importancia, puesto que se suponía que en la naturaleza se expresaban sus diferentes dioses. Por lo tanto, las profecías y los presagios constituían la forma de saber la voluntad de los dioses. El universo seguía un curso cíclico, donde destrucción y vida eran igual de importantes, y los signos de ambos procesos se repetían y se expresaban en la naturaleza (huracanes, tornados, terremotos, erupciones volcánicas, la lluvia, la sequía, etc.) La llegada de Quetzalcóaltl, la serpiente emplumada de la civilización y la sabiduría, coincidía con la llegada de Cortés. ¿Quién es este que usa barbas, que habla otra lengua, y se viste de forma diferente?, ¿Será la serpiente que ha vuelto a reclamar su reino? El emperador intentaba responder a estos interrogantes, pero ni con su consorte de adivinos y mensajeros podía comprender quién era realmente ese extraño. Las acciones que el conquistador cometía no estaban memorizadas en su tradición oral inmutable y conservadora, ni en los hechos repetitivos de su universo cíclico. El emperador confirmaba o refutaba las profesías según el trancurso de los acontecimientos, la palabra siempre fue muy importante. Pero con Cortés, el emperador calló, puesto que no podía vaticinar nada de alguien a quien no conocía. Los espías y ancianos le informaban continuamente sobre los movimientos del enemigo, pero ante malos augurios los encarcelaba o los mandaba a matar. Probablemente porque muerto el portador, muerto el presagio:
Si para Moctezuma la relación del hombre con el mundo lo era todo, para Cortés la relación del hombre con el nombre era aún más importante. El conquistador era en realidad un hidalgo pobre en su tierra natal, y la única institución educativa que toleraba este perfil de alumno era la Universidad de Salamanca. Allí aprendió dos herramientas que serían cruciales para sus aventuras en América: la oratoria y el arte de la imagen. Una le servía para engañar al emperador por medio de un buen discurso, donde predominaban demostraciones convincentes de su “divinidad” y la de sus compañeros de conquista. La otra habilidad, le permitía aparentar costumbres refinadas con las cuales demostrar que eran hombres de bondad. Pero Cortés no pudo engañar a los indios ni llevarse el oro si no fuera por sus intérpretes: Marina (Malintzi) y Jerónimo de Aguilar (2). La mujer no era azteca, sino una tlaxcalteca vendida como esclava a los mayas, pero conocía el lenguaje del imperio de los mexicas. El segundo, fue un náufrago de una expedición española anterior que convivió con los mayas y aprendió su lengua y costumbres. Cortés aconsejaba hasta a sus huestes:
En poco tiempo, el conquistador supo manejar la situación a su favor, concretar interesantes alianzas con los pueblos vencidos por los aztecas (como Tlaxcala), mantener controlados a cientos de miles de hombres por medio de su emperador, perder Tenochtitlán en su “noche triste”, y recuperarla otra vez con un asedio brutal de tres meses. Podrían haber sido las armas y la tecnología de gran ayuda pero… sin su capacidad de interpretar a los hombres probablemente no habría llegado a nada.Bibliografía de Consulta:
(1) TODOROV, TZVETAN: La Conquista de América. El problema del otro, Editorial Siglo XXI, México, 1991, Cáp. II: Conquistar.
(2) SÁNCHEZ ALBORNOZ, NICOLÁS:Historia de América Latina, Alianza, Madrid, 1985.
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