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La Temprana Edad Media

Ignacio Crifasi, compañero del Instituto 42 y estudiante del profesorado de Historia donde estudio; me acaba de pasar un resumen que hizo sobre la Temprana Edad Media, un apartado del libro «La Edad Media» de José Luis Romero, un clásico para adentrarse en el apasionante medioevo, un período de la historia gestor de muchas de las costumbres y saberes culturales de las sociedades contemporáneas.

Romero hace una periodización sencilla pero efectiva en: temprana, alta y baja edad media, con la finalidad de facilitarle las cosas al lector y que éste puede apreciar los cambios que se van notando de una etapa a otra. Así en la temprana edad media podemos encontrar estos temas:

– La crisis del Bajo Imperio romano y la transición al medioevo.
– La formación de los reinos romano-germánicos.
– El Imperio bizantino.
– El mundo musulmán: desde Mahoma hasta la dinastía Oméyade.
– Carlomagno: dinastía carolingia, gestión imperial y sus problemas.

[PDF] La Temprana Edad Media
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Resumen de una parte del libro la Edad Media de José Luis Romero.

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Peregrinación y sentimiento de cruzada

Por Ignacio Crifasi.
Estudiante de Profesorado en Historia. I.S.F.D. y T. Nº42: «Leopoldo Marechal». Cátedra: Historia Mundial I.

Sin dudas el sentimiento de Cruzada es el rasgo más característico de la Edad Media, pero para tener una idea más precisa de éste rasgo resulta importante detenernos a priori en otro concepto: el de Peregrinación. Este concepto fue alimentado lógicamente por la iglesia católica. Y si algo concreto había fijado está concepción durante casi toda la Edad Media, era la idea de un Orden Universal caracterizado por un elemento: el de la Trascendencia.

Conjuntamente con esta idea la madre de Justiniano va a aportar mucho en la concepción de este imaginario al originarse la Santa Cruz y con ello el ritual de peregrinar a los Santos Lugares (Dupront, Alphonse, pág 6). En estos movimientos hacia Oriente los peregrinos ven la posibilidad de purificación, de sentirse a su vez consustanciados con sus pares, quienes de manera colectiva harían penitencia y ganarían con ello la bienaventuranza eterna.

Las peregrinaciones comienzan así a satisfacer todos los deseos espirituales de quienes forman parte de tal acto. No importaba ya morir en destino (cual en realidad parecía ser el objetivo) o perecer en el intento. Era tan grande el amor y la unidad de estos feligreses que la muerte les parecía como un regalo de ese Dios tan cercano. Ni el fiero musulmán, siquiera el hambre, el frío o el cansancio pudieron truncar esos movimientos de personas. Impresionante fue el prestigio espiritual que detonó en la mente del hombre medio esta concepción. Sobre la creación de todos estos hábitos y valores, surgirá la idea de Cruzada.

La peregrinación suponía el enajenamiento de todos los bienes materiales para que la oblación sea más eficaz. De ello sabría sacar provecho la Iglesia a través de las donaciones brindadas por una aristocracia en boga de una vida ascética, y a cambio ganando la indulgencia por el derecho de combatir al infiel. Este tipo de actitudes es la que despertará también en el cruzado popular el repudio hacia ciertos actores sociales de otras religiones, como los judíos considerados demasiados materialistas y especuladores.

Hemos hablado sobre las peregrinaciones hacia ese «Cuzco» europeo que era Jerusalén. El problema fue que ese lugar de pasaje al «cielo», había sido irrumpido por la presencia musulmana. Esta «ingrata» presencia pudo incomodar la actividad peregrinatoria (aunque si bien estos fueron constantes a pesar de ello, lo cual nos indica hasta que punto llegaba el fervor por la fe cristiana). Y siendo incalculable el prejuicio que había sentido el Occidente cristiano por la presencia profana del infiel, fueron organizadas las expediciones militares que comenzaron en 1095. Pero esta concepción de cruzada abarcaba dos aspectos de naturaleza y características diferentes. Así se sucedieron las cruzadas populares y las cruzadas oficiales.

Pero, ¿Por qué habrían los protagonistas de las primeras encarar semejante empresa?…Pues bien, resulta necesario para ello volver a aquella imagen del mundo y del trasmundo para entender este, uno de los procesos más complejos de la historia. Ciertamente el imaginario colectivo de la época vivía en una constante contemplación de la dualidad Dios – Diablo, Cielo – Infierno. Esta dualidad proveniente de los elementos culturales orientales y difundida en Occidente por la Iglesia, había prendido mucho mejor en aquellos sectores sociales subordinados a las elites, donde en estas últimas predominaban otros tipos de ideales.»Fueron las clases humildes las que conservaron y alimentaron el sentimiento cristiano» (Romero José Luis, pág 147). Además de este dualismo coincidía para el período, el fenómeno conocido como «Milenario» o año mil, suscitado por la amenaza procedente del mundo islámico asociado con el fin del mundo cristiano.

Dentro de este contexto tan sugestivo y determinante se encontraría el detonante para que las cruzadas populares puedan realizarse. Si dentro de la disyuntiva Infierno-Cielo, resultaba más tentadora esta última, sea por bienaventuranza eterna, por tranquilidad espiritual o por acceder a la culminación de una vida de penas que el cielo ofrecía a aquel pueblo llano tan castigado, resultaba extraño optar por el infame anticristo. Y si ese cielo podía ser conquistado llegando a oriente, las cruzadas populares tendrían un amplio despertar en este contexto. Las cruzadas de niños representan este tipo de cruzadas.

Pero el llamamiento de Clermont propuesto por el papa Urbano II en el año 1095 despertó también el interés de otro sector social: el de la nobleza. En realidad en su esencia estaba destinado a este sector y no se esperaba que repercutiera tanto en las otras capas sociales. Los caracteres nobles para el período transcurrido durante la Alta Edad Media se caracterizan por el reavivamiento del sentimiento heroico. El caballero tenía una vida mucho más terrena en comparación con las clases no privilegiadas. A ellos les correspondía un ejercicio de la guerra que se reflejaba en el valor, la audacia y la desmesura para contemplar de alguna manera su propio honor. También el noble caballero galopaba hacia esa trascendencia, pero a diferencia del hombre humilde, era mundana.

Sin embargo, la iglesia que a esta altura había logrado una eficaz consolidación con Gregorio VII, supo canalizar toda esta vorágine hacia una causa plena de sentido histórico. «Muy pronto el caballero cruzado reemplazaría como ideal al héroe individualista de los primeros tiempos y sus victorias repercutirían al servicio de la lucha común y en defensa de la cristiandad» (Romero José
Luis, pág 56). Tal fue el caso por ejemplo de un Federico Barbarroja, un Felipe Augusto, o de Ricardo Corazón de León , quienes habían olvidado sus conflictos para intentar transformarse en campeones de la Cruz en Oriente.

Conclusiones

Si la unidad imperial fue incapaz de consolidar un orden real y político (si bien efímeramente logrado por Carlomagno), el cristianismo logró reprimir y combatir con rudeza cualquier atisbo de disgregación (epicúreo, herético, albigense) todos gérmenes surgidos en parte por el carácter abstracto que el cristianismo mismo suponía, pudiendo al fin consolidar lo que el orden político no, impregnando un ideal de orden universal.

Este orden fue fácilmente incorporado en el imaginario de un amplio sector de la sociedad europea, siendo impresionante el prestigio espiritual que esta concepción detonó en las mentes del hombre medio. Y si surcó tan hondo en la mente de los más humildes fue por la pésima realidad que estos atravesaban, en estas condiciones encaja el hecho de aferrarse a la ilusión de una vida eterna, de tener la certeza hacia aquello que no se ve y sólo se siente, hacia aquello llamado Fe.

Por otro lado las cruzadas se realizaron como respuesta a la expansión de los Selyúcidas, y como objetivo de recuperar el santo sepulcro, destino de peregrinación. Así la ambición de los papas buscó ampliar su poder político y religioso, siendo los ejércitos cruzados en cierto sentido el brazo armado para tal objetivo, al igual que una vez lo fue Carlomagno.

También resulto de las cruzadas un marcado interés comercial, que se hace visible a partir de la cuarta cruzada, y entrando con ella otros actores sociales como los burgueses y comerciantes.

Bibliografía Consultada:

– Romero José Luis: La edad media, Ed. Fondo de Cultura Económica, México-Argentina.

– Dupront Alphonse: La cristiandad y el concepto de cruzada, Ed. Unión tipográfica editorial hispano americana, México.

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La caída del Irminsul, parte II

Escultura de Witikind en HerfordComo se dijo en el artículo anterior, la caída del Irminsul fue un golpe bajo para la mayoría de los sajones. Ni bien Carlomagno hubiera desocupado la región, rumbo a una campaña en contra de los lombardos que acechaban Roma; no se hicieron esperar los primeros brotes de descontento en forma de saqueos a través de la región del Hesse.

Desde luego el rey franco tomó represalias, y mandó algunas tropas contra los rebeldes. Sin embargo, no fue hasta 775 cuando él mismo se hizo cargo de la campaña: estableció una serie de pactos con sus «pares» los nobles sajones, permitiéndoles la paz si aceptaban la fe cristiana, por lo menos a través del bautismo. Para tener más beneficios a su favor, Carlomagno acostumbraba llevarse a su reino algunos príncipes o nobles del pueblo a conquistar, pero en calidad de prisioneros, con la finalidad de «acelerar» algunas decisiones. También introdujo varias camadas de misioneros para inculcar la nueva Fe y levantar iglesias. Pero el golpe maestro lo dio en Paderborn en 777, donde con la excusa de formar la primera asamblea de nobles sajones, obtuvo el bautismo de muchos de sus miembros y supuestamente de la población en general.

Como era de esperarse, no todos los nobles aceptaron en la práctica cotidiana al cristianismo, ni tampoco lo hizo la gente humilde. Así comenzaron nuevas sublevaciones, pero esta vez apoyada por algunos sectores de la nobleza que no simpatizaban con Carlomagno, ni con la nueva religión. Entre éste grupo se encontraba Witikind (o Widukind, varía según las traducciones) un duque sajón que impulsó un movimiento de odio y repudio contra las nuevas creencias, llegando a organizar incursiones violentas contra iglesias y comunidades misioneras. El apoyo de los sajones a esta figura fue tan grande, que la sublevación llegó hasta Frisia (región vinculada a lo que son hoy los Países Bajos). Si los sajones luchaban con los frisios o los convencían, peligraba el proyecto imperial de los francos. Luego de una desgastante lucha entre fuerzas sajonas y francas (con muchas bajas en ambos bandos) Witikind no podía continuar con la rebelión. Se dice que Carlomagno logró una conversión general de él y sus súbditos al cristianismo, y por un tiempo se calmó la situación en Sajonia.

Pero la introducción del diezmo en la región, logró reavivar las llamas de la rebelión, sobre todo en los comunes, a los cuales se les hacía muy difícil contribuir con este nuevo impuesto, porque si no pagaban, las autoridades francas (eclesiales y militares) mandaban a confiscar lo poco que tenían. De esta manera poco importaban los esfuerzos de algunos misioneros en contagiar la nueva fe por las buenas, ya que sus propios superiores o los nobles francos hacían estragos con los saqueos o las penas de muerte contra los no conversos. Fue así que surgió una gran sublevación al norte de la región, que se mantuvo desde 793 a 804 aproximadamente.

Carlomagno provocó entonces una gran diáspora del pueblo sajón, dispersando familias por distintas regiones del futuro Imperio, y reemplazándolas por familias francas. Solo con esta medida extrema logró el rey franco sofocar las rebeliones, puesto que los nobles podían comprarse fácilmente (y de hecho fueron grandes aliados de los sucesores de Carlomagno), pero no la gente común, que a pesar de las imposiciones seguían manteniendo viva sus antiguas creencias y tradiciones.

Bibliografía y Recursos:

– Grimberg, Carl: Historia Universal, Sociedad Comercial e Editorial Santiago Ltda., Santiago de Chile, 1995. Tomo 15: “Carlomagno”.
– Wefing, Heinrich. Widukind-Denkmal in Herford. [Fotografía] 2007. Wikimedia Commons. Visto el 9/01/2008
<http://commons.wikimedia.org/wiki/Image:Widukind-Herfod.jpg>