Atila según Prisco

atilayleon.jpgA partir del 370 aproximadamente, los hunos (una tribu nómada procedente de Asia) se establecieron sobre las orillas del Mar Caspio desplazando a los alanos, y luego avanzaron por el norte del río Danubio desplazando a los godos. Ya para 400-410 habían constituido un extenso reino en la Europa Oriental, que amenazaba constantemente los limes (límites) orientales del Imperio Romano, así como a las poblaciones de los Balcanes. En un primer momento recurrieron al saqueo con el fin de obtener recursos, pero tal modalidad estaba por cambiar…

El reinado de Atila (434-453) significó el auge así como el final del Imperio Huno. Con él, los hunos pasaron del sistema clánico de jefes (elegían a sus líderes por sus méritos) al sistema autárquico hereditario (un reyo jefe con amplias atribuciones rodeado y apoyado por su séquito, a través del cual gobernaba y administraba su reino), complementaron el saqueo mediante el pedido de tributos u óbolos a tribus vecinas e incluso a las ciudades romanas, cuando la negociación no resultaba…arrasaban con todo. Ávidos de expansión, sus ejércitos y poblaciones se compusieron de hombres y mujeres de diverso origen conforme avanzaban y aglutinaban otras tribus.

El historiador romano Prisco conoció a Atila en 448, como parte de una comitiva diplomática, y esto fue lo que contaba de él durante una recepción:

Había mesas a cada lado de la de Atila. Un primer sirviente llevó ante Atila un plato de carne; detrás de ése, otros distribuyeron pan y luego otros depositaron legumbres sobre la mesa. Pero mientras para los otros bárbaros, como asimismo para nosotros, los manjares venían bien arreglados en vasija de plata, a Atila se le sirvió en una escudilla de palo, y únicamente carne. En todo mostraba la misma austeridad. Su vestido era simple, y no ofrecía otro lujo que la limpieza. Aún su espada, los cordones de sus calzas, las riendas de su caballo no estaban, como la de los demás escitas, adornados de oro, gemas ni materiales preciosos algunos (…). Cuando vino la tarde, se encendieron antorchas. Dos escitas se ubicaron frente a Atila y recitaron cantos compuestos por ellos para celebrar sus victorias y virtudes guerreras. Después apareció un orate, que se explayó en dilates e inepcias completamente borras de sentido común, haciendo reír a carcajadas a todo el mundo.

Sumado a las costumbres austeras, el verdadero tesoro de Atila era su orgullo. Un orgullo alimentado por las proezas bélicas, los negociados y el creciente poderío de su imperio.